Agonizando un año más me viene a la mente, como si fuera una película, cualquier cantidad de imágenes. Algunas buenas, otras no tanto. No me gusta hacer gala del romanticismo decembrino para sólo recordar o prometer. Suelo ser más práctica. Las cosas suceden porque tienen que suceder y nosotros le damos la forma que querramos. Nos es fácil culpar a la vida, a la suerte o a un ser superior de todo lo que nos pasa, y pocas, muy pocas veces decimos con honestidad: la regué. Pese a que yo lo asumo y siempre lo he dicho, la regué, a mí particularmente estos años de deudas me han sido enriquecedores. Muchos pensarán que soy cínica al decir que las deudas me han dejado más cosas buenas que malas, pero es una realidad. Me hicieron más fuerte, más consciente, más solidaria, mejor madre y mejor persona. Aprendí que cada revés de fortuna debe dejarte un aprendizaje y si no sucede así, es porque algo en tu interior no funciona.
En este año que termina tuve que sacar muchas veces fuerzas de la flaqueza y decir "voy con todo y contra todo". No podía quedarme pasiva al ver a un país que sufre en manos de seres incompetentes que te dirán que tu situación no les importa. Mi lucha personal se hizo, poco a poco y con el paso de los meses, en una lucha de muchos que empezaron a levantar la voz.
Los despachos y su impunidad, las pésimas políticas económicas, las miles de injusticias que vivimos en el país, han sido denunciadas en este y otros espacios de los cuales me siento orgullosamente parte. Muchos somos los que nos reímos de la incapacidad de quienes dicen, nos pueden ayudar.
Sería pecar de vanidad decir que he salvado vidas, que sin mis letras o consejos alguien no hubiera podido luchar contra los bancos y vencerlos. Jamás diría que Mar Morales, aquella mujer que hace dos años reventó por las tarjetas de crédito es un ejemplo a seguir. Quien lo hace se desliga de ese espíritu de solidaridad que debe mover a quien vive o vivió el acoso brutal de quienes, por sentirse con el poder en la mano, te dicen ladrón, delincuente, bueno para nada.
Mi objetivo ha sido informar y se ha cumplido. Con la satisfacción de ver a mi familia caminando, de saber que mi padre, desde otra dimensión se sentiría satisfecho de ver crecer a sus nietas, de ver a mi madre tranquila, de vernos unidos contra viento y marea, me siento frente a una máquina y le digo a la gente, a quien quiera leerlo, que la vida es más que una deuda bancaria, que se renace cada día a pesar de ello o incluso por ello.
El año pasado, justo por estas fechas, mi artículo de fin de año estaba lleno de nostalgia. Mi presente está lleno de esperanza, de una realidad que vivo con una enorme sonrisa porque aprendí a ser feliz. Fue la promesa que hice a mi padre en su lecho de muerte. Misión cumplida, doctor Morales: tu familia está en pie, nos reunimos siempre en torno a tu memoria y no te hemos defraudado ni lo vamos a hacer.
Nada repara una pérdida como la mía. Pero vivirla y no transformarla en una lucha constante y permanente contra los bancos, contra quienes contribuyeron a hacerme sentirme perdida enmedio del desierto, y contra quienes aún intentan joderle la vida a quien tiene la desfortuna de deberle al banco, es como traicionarse a sí mismo. A mí me enseñaron a emprender, a buscar, a reaccionar. Ese es el sentimiento que intento transmitir a quien me dedica unos minutos de su tiempo en leerme. Para ellos, toda mi gratitud y mis mejores deseos por siempre.
Y para aquellos que viven un momento de penumbra, que atraviesan lo que creen será el peor momento de su historia, no les diré que pasen una feliz Navidad. Les dedicaré una oración para que encuentren la paz en sus corazones.
Vivir con deudas, sobrevivir a la injusticia, pensar en un futuro mejor, se puede y se debe hacer. Vaya para todos ustedes la tan trillada frase de Feliz Navidad agregando: feliz vida, feliz momento, felicidad por siempre.
Diciembre de 2010